HAY POBRES Y POBRES, PARTE 2. FABIAN MASSA.

 

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS

En la primera parte[1] vimos el deplorable nivel de miseria y desamparo de los pobres del siglo I en Palestina, donde más del 90% de la población vivía en pobreza extrema y apenas un reducido grupo concentraba la riqueza y el poder. Era un esquema dual: unos pocos muy ricos y el resto, muy pobres, sin escala de grises.

La única esperanza de aquellos pobres era que Dios obrara un milagro, porque naturalmente no tenían salida: sin acceso a educación, sin formación en oficios, sin instituciones de asistencia social, y con una expectativa de vida que rara vez superaba los 40 años.

Pero los pobres de Palestina del Siglo I ya no están. Hace dos mil años que murieron. No podemos hacer nada por ellos. Lo que sí podemos y debemos hacer es ocuparnos de los pobres de hoy, los que tenemos cerca. Por eso resulta incoherente que algunos ministerios pequeños, instalados en zonas de altísima pobreza como La Matanza, pretendan asistir a los pobres de la frontera con Bolivia, a 2.300 km de distancia, mientras ignoran la necesidad inmediata de su propio barrio[2].

En la Ciudad de Buenos Aires, para no ser pobre, una familia tipo (matrimonio con dos hijos) que alquila necesitó en enero de 2026 alrededor de $2.200.000 de ingresos netos mensuales. Y esto es apenas un tecnicismo: porque si una familia gana $2.400.000 o incluso $2.900.000, no por eso pasa a ser clase media ni mucho menos rica. La brecha es enorme. El salario promedio en el AMBA en mano es de menos de $600.000. Es decir, la gran mayoría de los trabajadores argentinos son pobres, y quienes están fuera del circuito formal, más pobres todavía.

Un escalón más abajo, en la indigencia, se encuentra casi un 7% de la población del AMBA, lo que equivale a unos 2.100.000 de personas que ni siquiera logran cubrir la alimentación básica.

Este es un escenario crítico y preocupante. Frente a la revolución tecnológica y de la inteligencia artificial, la situación seguramente se agravará, porque la mayoría no está preparada —ni se prepara— para enfrentar esos desafíos.

Por eso, mis estimados, lo mejor que podemos hacer es anunciar lo que viene y animar a quienes se animen a prepararse, a esforzarse y a salir adelante. El foco debe estar en la preparación: no solo académica, sino también en aprender oficios y desarrollar capacidades prácticas. Esa es la verdadera salida frente a la pobreza contemporánea.

 


 


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