EL DESALIENTO NO ES FALTA DE FE. BARUC Y LA TRAGEDIA ARGENTINA 2026. FABIÁN MASSA.

 

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS

Una reflexión sobre la fatiga espiritual y la esperanza en tiempos de crisis.

El desaliento no es falta de fe, sino una fatiga natural frente a escenarios adversos. Es parte de la condición humana, lo “normal”, incluso en quienes confían en Dios, cuando las cosas se complican demasiado. Lo importante es que, en medio de esa fragilidad, el Señor responde con cuidado y fortaleza, recordándonos que su gracia es suficiente y que no estamos solos.


Israel sitiada y la queja de Baruc (Jer. 45:3)

En medio del asedio de Jerusalén, cuando las tropas de Babilonia cercaban la ciudad y las profecías de Jeremías anunciaban destrucción total y exilio, el escriba Baruc se encontraba exhausto. Día tras día copiaba los mensajes de juicio que Jeremías recibía de parte de Dios, y cada palabra parecía añadir más peso a su corazón. No era solo el cansancio de la tarea, sino la angustia de vivir bajo la sombra de un futuro devastador: la ruina de la ciudad, la caída del templo y la dispersión del pueblo. Esto marcaba el fin de la vida tal como hasta entonces la conocía.

En ese contexto, Baruc levantó su lamento: “¡Ay de mí! El Señor añade angustia a mi dolor…” (Jer. 45:3). Su queja no era incredulidad, sino el grito de un hombre fatigado, atrapado en una misión que lo sobrepasaba y en un escenario que parecía no dejar lugar para la esperanza.

La respuesta de Dios fue sorprendente. No le prometió éxito ni reconocimiento, tampoco alivio inmediato. Le dijo: “Tu vida te será dada por botín” (Jer. 45:5). En otras palabras, mientras todo alrededor se derrumbaba, Baruc debía valorar la preservación de su vida como un regalo. Dios le ofrecía lo esencial: cuidado personal en medio del desastre, una razón para seguir adelante cuando todo parecía perdido.

Y en esa promesa había más que supervivencia: estaba la oportunidad de volver a empezar. Aunque Jerusalén sería destruida y el pueblo llevado al exilio, Baruc tendría la posibilidad de reconstruir su vida en otro lugar, de otra manera. La preservación de su vida era también la semilla de un futuro distinto, un recordatorio de que incluso en la ruina, Dios abre caminos de esperanza.


Argentina arruinada y la desesperanza del 80%

La imagen de Baruc bajo el sitio de Jerusalén conecta mucho con la realidad argentina: un pueblo que percibe que “la vida como la conocía” se terminó, y que ahora todo se vive bajo la sombra de la incertidumbre.

Hoy en Argentina, la estanflación (estancamiento con inflación) golpea a todos los sectores:

  • Los trabajadores formales son en su gran mayoría pobres.
  • Los desempleados, la mayoria de los trabajadores informales y los jubilados, viven en la indigencia.
  • Los emprendedores luchan por sostener sus proyectos.
  • Los profesionales están mal pagos y desvalorizados.
  • La economía no ofrece horizonte de crecimiento, sino de desgaste constante.

Ese clima genera “desesperanza”: una fatiga colectiva, un cansancio que no es falta de fe ni de voluntad, sino la consecuencia de vivir en un escenario adverso y prolongado.

Aquí es donde la historia de Baruc se vuelve actual: Dios no le prometió que todo cambiaría de inmediato, pero sí le aseguró que su vida sería preservada. Esa promesa, trasladada a nuestro tiempo, puede leerse como un recordatorio de que incluso en medio de la crisis, hay oportunidad de volver a empezar, de reconstruir en otro lugar o de otra manera. La esperanza no siempre se manifiesta en un cambio instantáneo de las circunstancias, sino en la certeza de que la vida misma es un regalo y una posibilidad de futuro.

En otras palabras: La preservación de la vida es la semilla de la esperanza. Aunque el entorno esté en ruinas, todavía hay espacio para reinventarse, para crear, para resistir.

La salida será personal: Un camino de cambios, adaptaciones y que necesita fe y la ayuda de Dios.





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