PASTORES BRUTOS, IGLESIAS LLENAS DE POBRES. FABIAN MASSA.

 

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS

Los pastores brutos (en la interpretación de la Escritura) producen iglesias llenas de pobres. 

Reducir un presupuesto nunca es un acto neutro: cada recorte se traduce en un resultado empobrecido, porque los recursos determinan el alcance y la calidad de lo que se produce. Pretender obtener lo mismo con menos es desconocer la lógica de la vida. Lo que se siembra, eso se cosecha. Si se siembra escasez, se cosecha precariedad.

El efecto es inmediato y se puede ver en cualquier ámbito. Una obra en construcción con menos recursos termina con materiales de menor calidad o con detalles inconclusos. Una fiesta con presupuesto reducido pierde brillo y se diluye la experiencia. Una comida con menos inversión se convierte en un plato más pobre, sin sabor ni abundancia. Un plan de estudio con menos dedicación se traduce en un aprendizaje superficial, sin profundidad ni transformación. La lógica es universal: si se siembra escasez, se cosecha precariedad.

Lo mismo ocurre en la exégesis bíblica, donde es común la reducción de presupuestos en las iglesias evangélicas. No hablamos de dinero, sino de los recursos intelectuales, metodológicos y de tiempo que se invierten en el estudio de la Palabra. Reducir ese presupuesto significa simplificar el análisis del texto a lo inmediato y práctico, omitir las herramientas históricas, lingüísticas y contextuales, y privilegiar la aplicación rápida por encima de la comprensión profunda.

Las consecuencias son evidentes. La doctrina se empobrece porque se predican verdades parciales, sin el peso completo del texto. El pensamiento mágico ocupa el lugar de la lógica de la siembra y la cosecha, con fórmulas fáciles como “decláralo y recíbelo”. Se pierde la conexión con la historia y con la riqueza de la tradición, y la pastoral se debilita porque los creyentes reciben alimento liviano, sin sustento para enfrentar las tensiones reales de la vida.

Así como una obra, una fiesta o un estudio se empobrecen con menos recursos, reducir el presupuesto de la exégesis produce sermones y enseñanzas superficiales. Menos inversión en estudio significa menos profundidad. Menos herramientas críticas aumentan el riesgo de distorsión. Menos tiempo dedicado conduce a una mayor dependencia de fórmulas fáciles.

El impacto es directo en la vida de las personas. Una teología reducida les ofrece una visión empequeñecida de la sabiduría de Dios, y esa limitación se refleja inevitablemente en sus resultados. Cuando la enseñanza se simplifica hasta perder profundidad, la fe se convierte en un esquema estrecho, incapaz de sostener la vida en sus tensiones y desafíos.

La consecuencia es visible: la mayoría cosecha frutos pobres o nulos, porque lo que se les ha sembrado es escaso. Una teología reducida produce creyentes reducidos, con horizontes estrechos y expectativas mínimas. En lugar de abrirles la riqueza de la Palabra, se les entrega un alimento liviano que no nutre ni transforma.

Así, la reducción del presupuesto en la exégesis no solo empobrece los sermones, sino que empobrece las vidas. La visión limitada de Dios genera una práctica limitada de la fe, y el resultado es una comunidad debilitada, sin raíces profundas ni frutos abundantes. En definitiva, la exégesis sin inversión es como un campo sin semillas: lo que se cosecha es escasez.

Jesús afirmó en Juan 10:10 que vino para que tengamos vida en abundancia. Sin embargo, la experiencia de muchos creyentes revela un contraste doloroso: ingresan al Camino pobres e ignorantes, y aun después de treinta o treinta y cinco años de iglesia, el ochenta por ciento sigue igual. La abundancia prometida se convierte en una palabra lejana, porque la enseñanza reducida y la exégesis empobrecida no les abren la riqueza de la sabiduría de Dios.

El resultado es una fe que se mantiene en la superficie, sin transformación profunda. La vida abundante se sustituye por rutinas religiosas, y la promesa de plenitud se diluye en prácticas que no alimentan ni capacitan. La pobreza espiritual, intelectual y económica de la mayoría es el reflejo del trabajo empobrecido de sus líderes.

 

Una exégesis reducida produce una teología reducida.

Una teología reducida produce vidas reducidas.

Y vidas reducidas niegan la abundancia que Cristo prometió.

Ser pobre no es una bendición, lejos de eso, resulta en tener una vida pobre en posibilidades, logros y alegrías.

 



Comentarios