LOS TRES CRISTOS DE YPSILANTI. FABIAN MASSA.

CUANDO LOS DELIRIOS MENTALES Y LA FE RELIGIOSA SE VUELVEN INDISTINGUIBLES.

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS

En 1959, en un hospital psiquiátrico de Michigan, Estados Unidos, se desarrolló un experimento tan fascinante como perturbador. No porque prometiera una cura milagrosa, sino porque terminó revelando algo mucho más profundo y universal: la extraordinaria resistencia de las creencias absolutas frente a la evidencia, ya sea en el terreno de la patología mental o en el de la fe religiosa. El protagonista fue el psicólogo social estadounidense de origen polaco Milton Rokeach, cuyo experimento quedó inmortalizado en su libro The Three Christs of Ypsilanti.

Rokeach reunió a tres hombres diagnosticados con esquizofrenia paranoide que compartían una convicción idéntica: cada uno creía ser Jesucristo. La hipótesis era que la contradicción entre ellos forzaría una revisión del delirio, pero nada de eso ocurrió. Durante dos años convivieron y discutieron, y el resultado fue revelador: ninguno admitió jamás que otro pudiera ser el verdadero Cristo. El delirio no se quebró; se sofisticó.

Desde una perspectiva psicológica —y también laica— este punto es crucial. El comportamiento de los tres pacientes recuerda al de las sectas cristianas entre sí, donde cada denominación afirma poseer la única verdad. La lógica es idéntica al delirio clínico observado por Rokeach:

  • “Mi creencia es la única verdadera.”
  • “Las otras versiones son errores, desviaciones o engaños.”
  • “La contradicción no invalida mi fe; la refuerza.”

Desde el punto de vista cognitivo, la fe religiosa dogmática funciona como un sistema cerrado muy similar a un delirio: inmune a la evidencia contraria, capaz de generar explicaciones ad hoc y blindada contra la falsación.

La fe religiosa dogmática puede definirse como la adhesión firme y absoluta a las verdades de fe establecidas oficialmente por una tradición religiosa, consideradas incuestionables y no sujetas a revisión crítica. Se trata de un sistema cerrado de creencias que se fundamenta en dogmas reconocidos como revelados y obligatorios para todos sus miembros.

La diferencia principal no es estructural, sino social: una creencia se considera patológica cuando la sostiene un individuo aislado, pero se convierte en religión cuando la comparte un grupo numeroso y culturalmente legitimado. Aquí cobra vigencia la frase atribuida a Robert M. Pirsig: “Cuando una persona sufre de un delirio, se le llama locura. Cuando muchas personas sufren de un delirio, se le llama religión.”

El caso plantea una pregunta incómoda: ¿qué diferencia realmente a un delirio religioso de una fe religiosa socialmente aceptada? Ambas comparten convicciones absolutas, resistencia extrema a la evidencia contraria y reinterpretación constante de la realidad.

Aquellos tres locos nunca aceptaron que otro fuera “el verdadero Cristo”. Del mismo modo, las religiones tampoco aceptan que otra sea “la verdadera religión”. La diferencia es que a unos los llamamos “pacientes”, mientras que a las otras las llamamos “tradiciones sagradas”. Y quizá ésa sea la lección más inquietante de todas.

Cristo vino a deshacer la religión que los judíos habían construido alrededor de la Palabra de Dios, una religión que había convertido la Ley en un sistema rígido, cargado de normas y tradiciones humanas que sofocaban el corazón del mensaje divino. Jesús confrontó esa distorsión: denunció a los fariseos por su hipocresía, por poner cargas pesadas sobre los demás y por transformar la relación con Dios en un ritual vacío. Su misión fue devolver la Palabra a su sentido original: vida, gracia y comunión con el Padre.

Pero lo curioso —y a la vez trágico— es que, al poco tiempo de su partida, sus propios discípulos y las comunidades cristianas comenzaron a repetir el mismo patrón. Lo que había sido un mensaje liberador empezó a institucionalizarse, a rodearse de reglas, disputas y sistemas de poder. Pablo se levantó con fuerza contra los judaizantes, que querían imponer la circuncisión y las prácticas de la Ley como condición para la salvación. El autor de Hebreos, por su parte, mostró que el sacrificio de Cristo había superado de una vez por todas los sacrificios del templo, y que volver a ellos era negar la plenitud de la obra de la cruz.

En otras palabras, el mismo impulso humano que había convertido la Ley en religión volvió a aparecer en torno a las enseñanzas de Cristo. La tendencia a encerrar la fe en estructuras rígidas es tan fuerte que incluso la revelación más pura corre el riesgo de ser domesticada por la institucionalización.

Tras la conversión de Constantino y el Edicto de Milán en el año 313, el cristianismo pasó de ser una fe perseguida a convertirse en religión oficial del Imperio. Ese giro político-religioso dio origen a lo que luego se consolidó como la Iglesia Romana, con estructuras jerárquicas, poder institucional y una profunda fusión entre fe y Estado. Lo que había comenzado como un movimiento espiritual y comunitario se transformó progresivamente en un sistema religioso cada vez más rígido y normativo.

Con el paso de los siglos, ese proceso se profundizó: la Iglesia acumuló poder, estableció dogmas, rituales y prácticas que muchas veces oscurecían la sencillez del evangelio. En ese contexto, surgieron voces críticas, pero fue Martín Lutero en el siglo XVI quien planteó con fuerza la necesidad de una Reforma. Su protesta contra las indulgencias y su énfasis en la justificación por la fe marcaron un quiebre histórico. Lutero no buscaba destruir la Iglesia, sino devolverla a la raíz: la Palabra de Dios como autoridad suprema y la fe como fundamento de la salvación.

Lutero y Calvino, levantaron la voz contra los abusos y la corrupción de la Iglesia Romana, devolviendo el énfasis a la Escritura y a la fe como fundamento de la salvación. Sin embargo, sus seguidores terminaron cayendo en la misma tentación: Convertir la Reforma en un nuevo sistema religioso rígido, lleno de dogmas y estructuras que muchas veces vaciaron el espíritu original del mensaje.

Lo que había nacido como un movimiento de libertad y retorno a la Palabra, se transformó en denominaciones cerradas, disputas doctrinales y nuevas formas de control religioso. En lugar de mantener viva la frescura del evangelio, se volvió a repetir el ciclo: la fe se institucionaliza, se codifica, se protege como sistema… y pierde la vitalidad de la relación directa con Dios.

Latinoamérica fue evangelizada mayormente por los Pentecostales venidos de los EE.UU. una secta super ignorante especialista en desconectar la Escritura de su contexto y a mistificar lo que no entendía.

Los misioneros Pentecostales que traían un énfasis fuerte en la experiencia espiritual inmediata: dones, milagros, lenguas, sanidades. Esa propuesta tuvo un impacto enorme en sectores populares porque ofrecía una fe vivida con intensidad, cercana y emocional, en contraste con estructuras religiosas más rígidas.

El problema, es que muchas veces esa expansión se dio desconectada del contexto bíblico e histórico, privilegiando la experiencia sobre la exégesis. En lugar de profundizar en la Escritura en su sentido original, se tendió a mistificar lo que no se entendía, generando interpretaciones mágicas o superficiales. Esto produjo una fe vibrante, sí, pero también vulnerable a manipulaciones, exageraciones y lecturas descontextualizadas.

Hoy podemos ver aquí en Argentina, para no ir más lejos, como cualquier autopercibido como Ilumnado, aunque no haya completado La Salita Verde del pre- escolar, se autoproclama Ungido y planta una Iglesia. 

Y lo peor es que más temprano o más tarde va a tener una congregación fervorosa que entiende menos que él (que en realidad no sabe nada).

Rápidamente se va a organizar El Discipulado, donde al Hermanito más fracasado en la vida, se lo designa como Líder, y se le envía una clase por WhatsApp para que media hora después, ilumine al grupo de los “discípulos”…

Tenemos también a la Hermana Urrapapeadora, que habla en Lenguas Angelicales, pero que no puede hallar sabiduría para llevar una vida decorosa y tiene una triste vida.

Y así, también los hermanos ungidos Ancianos de la Congregación, que imponen manos y expulsan demonios, pero que fuera de la Iglesia no cortan ni pinchan.

La única respuesta coherente frente a la locura mística, la institucionalización vacía y la mistificación desconectada es volver a la fuente original: La Palabra de Dios, no como un amuleto ni como un repertorio de frases sueltas, sino estudiada dentro de sus contextos históricos, lingüísticos y teológicos. Solo así puede ser aplicada con fidelidad y relevancia a nuestro propio contexto.

Cuando la Escritura se estudia en serio —teniendo en cuenta el contexto completo en su tensión narrativa— deja de ser un objeto de manipulación y se convierte en luz viva que atraviesa los tiempos. Lo que necesitamos no es más religión ni más espectáculo, sino una fe que se nutra de la Palabra en su sentido pleno, para luego encarnarla en nuestro presente.

La única salida no es inventar nuevas religiones ni mistificar lo incomprensible, sino volver a la Palabra de Dios, estudiarla en sus contextos… y dejar que transforme el nuestro.



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