EL ABRACADABRA EVANGELICAL Y EL PENSAMIENTO MÁGICO. FABIAN MASSA.
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El pensamiento mágico aparece
cuando se cree que algo va a suceder por efecto de un rito o de una
“declaración de poder” —léase hechizo o encantamiento - frase cantada—. Ellos
suponen que repetir una oración como un mantra tiene poder automático, como si
las palabras fueran fórmulas mágicas capaces de manipular a Dios. En ese punto,
la fe se confunde con superstición: la repetición sustituye la comprensión y el
rito reemplaza la obediencia.
Del mismo modo, cuando se enseña que una profecía puede “sellarse” con un depósito de dinero en la cuenta del Ungido, la relación con Dios se mistifica y se reduce a una transacción comercial disfrazada de espiritualidad. El único que gana es el Ungido, mientras el acto económico se presenta como garantía de cumplimiento, como si el Reino de Dios funcionara bajo las reglas de un contrato mercantil.
Así, la esperanza se convierte en negocio, la fe en mercancía y la profecía en un recibo bancario.
Es el delirio colectivo de quienes creen que pueden comprar o decretar lo divino, cuando en realidad lo único que transforma es la Palabra de Dios, estudiada en su contexto y encarnada en la vida.
La famosa frase “Decláralo y recíbelo” se ha convertido en un ejemplo perfecto de cómo el pensamiento mágico se infiltra en la práctica religiosa contemporánea. Su raíz no es bíblica, sino gnóstico-mágica: proviene de antiguas corrientes donde la palabra pronunciada era considerada una llave secreta, una fórmula verbal capaz de abrir lo divino y manipular la realidad.
Hoy, en muchos Ministerios Evangelicoides Internacionales, se enseña que basta con declarar algo en voz alta para que suceda, como si la fe fuera un conjuro y Dios un mero ejecutor de decretos humanos. La oración bíblica, que debería ser diálogo y dependencia del Padre, se confunde con un mantra mágico, donde la repetición de frases se convierte en supuesta garantía de resultados.
El efecto es devastador: Multitudes atrapadas en un delirio místico compartido, convencidas de que la realidad se transforma por la fuerza de sus declaraciones, mientras su vida cotidiana sigue marcada por incoherencia, miseria y falta de sabiduría. Lo que debería ser fe se degrada en superstición, y lo que debería ser evangelio se convierte en espectáculo verbal.
Otra forma de pensamiento mágico se manifiesta en la creencia de que las cosas que una persona desea van a suceder si cumple con el organigrama de la organización en la cual se congrega. Se le promete que “la bendición” lo alcanzará, no por hacer lo que en verdad debe hacer —o dejar de hacer—, sino por cumplir y servir a las necesidades de la institución.
La obediencia deja de ser fidelidad a la Palabra y se convierte en sumisión a la estructura. El discipulado se degrada en burocracia religiosa, donde el ascenso en cargos y funciones se presenta como garantía de prosperidad espiritual.
Así, la esperanza se confunde con promoción, la fe se reduce a un esquema administrativo y la vida cristiana se transforma en un tablero organizacional.
Lo que debería ser transformación integral en Cristo se convierte en un espejismo institucional, donde la persona cree que puede comprar la bendición con su servicio, cuando en realidad lo único que trae fruto es la Palabra de Dios, vivida en obediencia y verdad.


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