DELIRIUM MYSTICUM- FABIANUS MASSA.
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| NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS |
Encontramos Delirantes en todos los órdenes de la vida, sobre todo en política y religión.
Mistificar significa engañar, embaucar o deformar la realidad, presentando algo falso como verdadero o alterando su sentido original. Es un verbo que proviene del francés mystifier y está relacionado con la idea de manipular, disfrazar o falsear.
Todo comienza con el delirio místico
de uno. Un hombre abre la Escritura sin tener en cuenta los contextos, la
arranca de su suelo histórico y lingüístico y deduce de manera equivocada.
La aplica a su tiempo y contexto en crudo. Al hacerlo, la vida le devuelve “error”. Pero en lugar de corregir, insiste: practica y vuelve a errar, de manera serial, hasta que su obsesión se convierte en convicción. Y cuando ese “ungido” improvisado consigue un número de seguidores, los arrastra a un delirio místico colectivo.
Así nace la confrontación inevitable: delirio místico colectivo vs. discipulado verdadero.
Este patrón no es nuevo; se repite
como un eco a lo largo de los siglos. Los cristianos judaizantes del primer
siglo (hoy se conocen como Mesiánicos) mezclaban la gracia con la ley y
confundían a las comunidades. Incluso Jacobo, principal de la iglesia en
Jerusalén, intentó judaizar al cristianismo, aunque ni Pablo ni el autor de
Hebreos cayeron en esa trampa, sino que la combatieron con firmeza.
Más tarde, la institucionalización romana tras Constantino convirtió la fe en poder político y ritual vacío. Los discípulos de Lutero y Calvino heredaron la reforma, pero pronto la transformaron en dogma rígido.
El pentecostalismo importado desde Estados Unidos mistificó lo incomprensible y desconectó la Escritura de su contexto en Latinoamérica. Y hoy, los ungidos improvisados repiten el ciclo con discursos emocionales y sin formación, arrastrando multitudes hacia un espejismo religioso.
En Argentina y en gran parte de Latinoamérica, el fenómeno es visible. Se habla de “tomar la tierra”, pero la realidad es que la tomó el narco. Cualquiera puede autoproclamarse iluminado sin rendir cuentas ni mostrar fruto real. Se organizan discipulados exprés, donde al hermanito más fracasado se lo designa líder y se le envía una clase por WhatsApp para que, media hora después, ilumine a sus discípulos.
Se celebran lenguas angelicales y supuestos dones, mientras la vida cotidiana de quienes los practican está marcada por miseria, la incoherencia y la falta de sabiduría.
La fe se convierte en espectáculo emocional, desconectado de la Palabra y de la vida real. Lo que debería ser un camino de maduración en Cristo se transforma en un simulacro vacío, donde la ignorancia se multiplica en cadena.
Pero la Escritura enseña otra cosa: La verdadera unción no se mide por títulos autoproclamados ni por multitudes engañadas, sino por la fidelidad a la Palabra en su contexto y por los resultados de aplicarla a la vida real.
El verdadero discipulado no se improvisa ni se transmite por WhatsApp en media hora, sino que se construye con estudio serio, acompañamiento real y vidas que encarnan lo que enseñan. Lo mínimo, incluso, es que las personas tengan comprensión de texto, algo que hoy en Argentina el 65% no posee.
El discipulado degradado no es formación espiritual, es un delirio místico colectivo. Líderes ignorantes iluminan a discípulos más ignorantes, y juntos levantan un espejismo religioso.
La única salida coherente no es inventar nuevas religiones ni mistificar lo incomprensible, sino volver a la Palabra de Dios, estudiarla en sus contextos y dejar que transforme nuestro presente de manera integral. Porque no se trata de una espiritualidad desconectada del resto de la vida: así como Dios es Uno, el hombre —hecho a su imagen y semejanza— también es Uno.
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