DEL PROTESTANTISMO AL CAPITALISMO. FABIAN MASSA.

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS
Los calvinistas, convencidos de
la doctrina de la predestinación, vivían con la inquietud de no saber si
estaban destinados a la salvación. Para hallar señales de gracia, se esforzaban
en llevar una vida ordenada, austera y productiva. La riqueza, cuando llegaba,
no debía gastarse en lujos, sino reinvertirse, pues el exceso era visto como
pecado. Sin proponérselo, fueron creando un estilo de vida que encajaba
perfectamente con el naciente capitalismo: disciplina, racionalidad y
acumulación.
Siglos más tarde, Max Weber observó
este fenómeno y lo plasmó en su obra La ética protestante y el espíritu
del capitalismo (1905). Su argumento no era que la religión inventara
el capitalismo, sino que le dio un marco cultural y moral que permitió que
floreciera en Occidente. El trabajo se convirtió en virtud, la ganancia en
señal de salvación (Bendición) y la austeridad en motor de inversión. Weber
narró cómo una transformación espiritual terminó moldeando la economía moderna:
detrás del capitalismo no solo hubo máquinas y comercio, sino también creencias
profundas que dieron sentido al esfuerzo cotidiano. Para él, la riqueza
generada por el esfuerzo y la disciplina no era un vicio, sino el capital
productivo que impulsaba el desarrollo social.
Un poco más tarde, en la Escocia
del siglo XVIII, otro pensador caminaba por las calles de Glasgow observando el
bullicio de comerciantes, artesanos y campesinos. Adam Smith veía cómo cada uno
perseguía su propio interés: el panadero horneaba para vender más panes, el
tejedor buscaba clientes para sus telas y el comerciante intentaba abrir nuevas
rutas de intercambio. A primera vista, parecía un caos de ambiciones
individuales. Pero Smith descubrió un orden oculto en ese aparente desorden.
En La riqueza de las
naciones (1776), narró que cuando cada persona busca mejorar su vida,
sin proponérselo, contribuye al bienestar de todos. Era como si una “mano
invisible” guiara el mercado, equilibrando la oferta y la demanda. El
liberalismo clásico nació de esa intuición: la libertad económica no era un
riesgo, sino la clave para la prosperidad.
Smith imaginaba un mundo donde
los individuos fueran los protagonistas y el Estado, un actor secundario que
solo debía garantizar justicia, seguridad y ciertas obras públicas. El
verdadero motor de la riqueza estaba en la libertad de producir, comerciar y
competir. Así, el liberalismo clásico se convirtió en una historia de
emancipación: los pueblos podían liberarse de las cadenas del mercantilismo y
los privilegios feudales, confiando en la creatividad y el esfuerzo de cada
persona.
La narrativa de Smith es la de un
héroe colectivo: el individuo libre que, al perseguir su propio beneficio,
termina construyendo una sociedad más próspera. Su visión inspiró revoluciones
económicas y políticas, y marcó el rumbo del capitalismo moderno.
En el norte de Europa, entre los
siglos XVI y XVII, donde comenzó a aplicarse esta idea de generar, producir e
invertir, produjo una transformación silenciosa pero efectiva y progresiva: Las
tierras de Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Inglaterra y Escocia fueron
impregnadas por el espíritu de la Reforma protestante.
Con el paso del tiempo, esa ética
se consolidó en instituciones sólidas, en una cultura de confianza y en una
disciplina social que valoraba el esfuerzo cotidiano.
El ahorro y la inversión se
volvieron virtudes, y la libertad económica se defendió como un derecho
fundamental. De este modo, los países nórdicos y anglosajones —y más tarde
Estados Unidos, Canadá y Australia— se convirtieron en sociedades ricas, innovadoras
y políticamente estables.
La historia, sin embargo, no fue
igual en todas partes. En las regiones donde el catolicismo tradicional mantuvo
su influencia, o donde persistieron sistemas más jerárquicos, como en gran
parte de Latinoamérica y el sur de Europa, el trabajo se entendió más como
obligación que como vocación. La acumulación de riqueza fue mirada con
sospecha: pecado, ostentación, avaricia, idolatría a Mamón. En ese marco, las
instituciones económicas se desarrollaron con mayor lentitud, pues la cultura
no alentaba la inversión ni la disciplina productiva, sino más bien la
resignación y la dependencia.
No fue la religión por sí sola la
que determinó el destino de los pueblos, pero sí el marco cultural y moral que
dio forma a sus economías y sociedades. Allí donde la austeridad protestante y
el liberalismo clásico se entrelazaron, florecieron sociedades pujantes; allí
donde predominó una visión pobrista, el desarrollo encontró más obstáculos.
Esta mentalidad se prolongó en el tiempo y halló eco en la Teología de la
Liberación Romana, que exaltó la pobreza como virtud y sospechó de la riqueza
como corrupción. A esa corriente se sumaron incluso algunas denominaciones
protestantes, que adoptaron un discurso similar, reforzando la idea de que la
prosperidad material era incompatible con la fidelidad espiritual.
Los resultados hablan por sí solos. Unos pueblos crecieron y se hicieron prósperos, ricos en oportunidades, capaces de generar conocimiento, innovación y estabilidad.
Otros, en cambio,
quedaron atrapados en la pobreza, con amplias lagunas de ignorancia, fruto de
la falta de medios y de estructuras sólidas. Sociedades que, desde la política
y desde los púlpitos, terminaron reproduciendo la pobreza en lugar de
superarla.
Así, dos caminos se bifurcaron en
la historia. Uno convirtió el trabajo y la libertad en motores de prosperidad,
levantando instituciones fuertes y economías dinámicas. El otro, al asociar la
riqueza con pecado, ostentación o idolatría, limitó las posibilidades de
desarrollo y frenó la creatividad de sus pueblos.
El capitalismo moderno, entonces,
no fue únicamente el resultado de máquinas y comercio, sino de mentalidades
colectivas. Fue la manera en que las sociedades definieron qué significaba
trabajar, ahorrar y prosperar lo que marcó su destino. Allí donde la disciplina
y la libertad se abrazaron, floreció la riqueza; allí donde la sospecha y el
pobrismo dominaron, la pobreza se perpetuó.

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