NOTICIA DE EXEGESIS & HERMENÉUTICA. FABIAN MASSA
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Una vez que un escritor (cualquiera) publica su
obra, esta se hace “Independiente de su autor”.
Estos tres puntos se resumen en la
consolidación de la autonomía del texto y la transferencia del poder
interpretativo del creador al lector.
- El concepto central se articula con la teoría de Roland Barthes de "La Muerte del Autor", la cual propone que el escritor es solo un "escribiente" que reordena conceptos culturales, y que la unidad y el significado de la obra nace realmente con el lector (su destino), no con su autor (su origen).
- Esta independencia se refuerza con la "Falacia Intencional", que advierte que es un error crítico enfocarse en lo que el autor quiso decir en lugar de enfocarse únicamente en lo que el texto dice por sí mismo, haciendo irrelevantes los sentimientos o pensamientos subjetivos del creador.
- Al liberarse de la tutela autoral y de su intención original, el texto inicia una Vida Histórica, adquiriendo polisemia (múltiples significados) que cambian con el tiempo y el contexto, significados que el autor original jamás pudo haber imaginado.
Esto de la Polisemia, es básicamente porque en
cada tiempo y en cada cultura, los lectores van a tener interpretaciones
diferentes.
Pero, comprender la independencia de un texto no implica anular su origen contextual; al contrario, este marco histórico, cultural y social resulta ser un pilar crucial que actúa como el marco de referencia esencial para descifrar el significado que el autor intentó comunicar a su audiencia original y revelar los códigos implícitos de la época.
Para formalizar esta necesidad, la teoría de la recepción postula el concepto
del Horizonte de Expectativas, que representa el conjunto de saberes y
convenciones que compartían los primeros lectores con el autor, y cuya
reconstrucción es fundamental para determinar si la obra fue, en su momento,
una pieza innovadora o tradicional. De esta manera, la interpretación se
establece como una dialéctica o una tensión productiva entre el ADN contextual
de la obra —lo que significó en su nacimiento— y la lectura que le otorgamos en
la actualidad, siendo la obra un objeto que viaja y que, aunque autónomo, lleva
consigo su certificado de origen.
Sin embargo, el proceso hermenéutico no se
detiene en esta reconstrucción histórica. Una vez que hemos logrado esa
comprensión y explicación profunda del significado original anclado en su
contexto, surge la necesidad vital de aplicar lo aprendido. El conocimiento
adquirido sobre cómo el texto interactuaba con su primer horizonte debe ser
trasladado a nuestro nuevo contexto contemporáneo, es decir, a nuestro propio
horizonte de expectativas. Esta aplicación es lo que garantiza que la obra
mantenga su relevancia y su capacidad de ofrecer nuevas perspectivas y
significados, haciendo de la lectura no solo un ejercicio de historia cultural,
sino una fuente viva de sentido y reflexión para el presente.
Para poder hacer una buena Herméutica, es
primordial haber hecho antes una buena exégesis.
La interpretación de un texto
antiguo, generado en otra cultura y en un idioma distinto, exige una
aproximación metodológica rigurosa que prioriza no hacer reducciones de
vocabulario o significados, reconociendo la amplia distancia creada por el
tiempo, la lengua y la cosmovisión, y así evitar la imposición de categorías
modernas.
El primer desafío es
inherentemente lingüístico y semántico, donde es crucial evitar la reducción
del significado a través de la evolución semántica (los falsos amigos
temporales), pues una palabra en el idioma original tiene un peso y unos
matices propios que nuestra lengua actual no capta completamente, entendiendo
además que cualquier traducción es inherentemente una interpretación y
obligándonos a analizar la sintaxis original como clave del pensamiento de la
época.
Para esto tienen la Plataforma Digital BIBLIA TODO, con
los textos Interlineales y el Diccionario Strong.
Superada esta barrera idiomática,
debemos abordar la brecha cultural, reconstruyendo la cosmovisión completa del
destinatario original, entendiendo sus categorías de tiempo, su relación con lo
divino y su estructura social, lo cual es vital para determinar la función del
género literario (si fue concebido como mito, ley o épica) y para interpretar
sus símbolos y metáforas dentro de su propio sistema cultural, evitando imponer
nuestros códigos actuales.
Finalmente, se requiere una
atención rigurosa a la dimensión histórica y material del texto; esto incluye
el ejercicio de la Crítica Textual al tratarse de copias de copias para
asegurar la fidelidad y comprender el proceso de transmisión (como el de los
manuscritos antiguos, ya que la fragilidad y rareza de estos objetos nos
recuerda la distancia histórica), así como determinar la intención comunicativa
real del texto (si fue concebido como un documento legal o una carta privada) y
perfilar al destinatario original en toda su especificidad.
Solo a través de esta doble
inmersión —evitando activamente las reducciones semánticas y respetando la
alteridad histórica— puede el texto antiguo hablarnos con su voz auténtica para
que luego apliquemos su significado a nuestro presente.


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