LA SALVACION, ¿SE PIERDE O NO SE PIERDE? FABIAN MASSA.

 

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS

A lo largo de la historia de la Iglesia, la pregunta sobre la seguridad de la salvación ha generado intensos debates. La frase “Salvo, siempre salvo” resume una convicción: que quien ha sido alcanzado por la gracia de Cristo nunca perderá esa condición. Es una manera breve de expresar lo que muchos llaman la seguridad eterna.

En el siglo XVI, Martín Lutero puso el fundamento al proclamar que la salvación es por la fe sola, un regalo de la gracia de Dios y no por obras. Para él, la confianza estaba en la fidelidad de Dios, aunque no formuló la doctrina en los términos absolutos que más tarde desarrollaría el calvinismo. Juan Calvino, en continuidad con la Reforma, llevó esa idea más lejos: si la salvación es obra de Dios, entonces es irrevocable. De allí surge la convicción de que el verdadero creyente perseverará hasta el fin.

Sin embargo, Jacobo Arminio, en el siglo XVII, reaccionó frente a esa rigidez. Él sostuvo que el creyente, aunque salvo, podía apartarse voluntariamente y perder la salvación si abandonaba la fe. Esta visión fue retomada por John Wesley y el metodismo, que enfatizaron la necesidad de perseverar en la fe y la santidad. Así nació la tradición arminiana/metodista, que advierte sobre el peligro real de caer si se descuida la vida cristiana.

En resumen, Lutero puso las bases con la justificación por la fe; Calvino radicalizó la seguridad con la idea de “salvo, siempre salvo”; y Arminio, seguido por Wesley, subrayó la responsabilidad humana de permanecer en la fe. Tres voces distintas que, en diálogo, muestran la tensión entre la fidelidad absoluta de Dios y la libertad del hombre para responder o apartarse.

 

La base bíblica de la seguridad

Desde los primeros siglos de la Reforma, esta pregunta ha estado ligada a la doctrina de la predestinación. La frase “Salvo, siempre salvo” no surge como un texto bíblico literal, sino como la manera popular de expresar una convicción: si Dios eligió a alguien para la vida eterna, esa elección es irrevocable.

El apóstol Pablo, en Romanos 8, ofrece el fundamento de esta certeza: “A los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). En esta secuencia, la obra de Dios aparece completa y segura, desde la elección hasta la glorificación final.


El tema de "Cuidar una Salvación tan grande"

Pero la Escritura también advierte en Hebreos 2:3 : “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”. Aquí se subraya que la gracia recibida no debe ser tomada a la ligera, sino vivida con perseverancia.

El mismo Pablo que habló de predestinación en Romanos 8, usa la metáfora de la carrera para mostrar la necesidad de disciplina y constancia:

  • “Corran de tal modo que obtengan el premio… ellos lo hacen para recibir una corona que se echa a perder; nosotros, en cambio, por una que dura para siempre” (1 Corintios 9:24–25).
  • “Ustedes estaban corriendo bien. ¿Quién los estorbó para que dejaran de obedecer a la verdad?” (Gálatas 5:7).
  • “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe. Por lo demás, me espera la corona de justicia…” (2 Timoteo 4:7–8).

Por otra parte, Jesús mismo afirmó la seguridad de los suyos:

  • “Que yo no pierda ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el día final” (Juan 6:39).
  • “Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatarlas de mi mano” (Juan 10:28–29).

Sin embargo, en Apocalipsis, el mismo Señor repite la necesidad de perseverar hasta el final para recibir la victoria:
  • “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).
  • “Al que venza y cumpla mi voluntad hasta el fin, le daré autoridad sobre las naciones” (Apocalipsis 2:26).
  • “El que salga vencedor será vestido de blanco; jamás borraré su nombre del libro de la vida” (Apocalipsis 3:5).
  • “Al que venza le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono” (Apocalipsis 3:21).

Conclusión: seguridad y perseverancia

La Escritura contempla ambas dimensiones. Por un lado, la salvación es obra de Dios, eterna y segura: nada puede arrebatar al creyente de la mano del Padre. Por otro lado, la misma Biblia exhorta a no descuidar esa salvación y a perseverar hasta el final: Hebreos, las cartas de Pablo y Apocalipsis insisten en la fidelidad y la constancia.

Todo lo que realmente vale la pena en la vida necesita ser construido. Es una ley que atraviesa todas las áreas: levantar una familia, desarrollar una carrera, sostener un ministerio, edificar una vida. Nada de eso se logra de golpe; se construye día tras día, con esfuerzo, paciencia y fidelidad. Y solo al final se contempla la obra terminada.

La salvación puede entenderse bajo la misma óptica. Es cierto: se recibe como un regalo, como el perdón y la gracia de Dios que nos alcanzan sin mérito propio. Pero esa salvación no es algo que se guarda en un cajón, sino una realidad que debe mantenerse firme y en alto cada día, hasta el último aliento. Es un camino que se recorre paso a paso, con perseverancia, disciplina y gratitud.

Así como una casa se edifica ladrillo sobre ladrillo, la vida cristiana se construye decisión tras decisión, fidelidad tras fidelidad. La obra es de Dios, pero nosotros somos llamados a cuidarla, sostenerla y perseverar en el camino recto. Y al final, cuando la carrera se haya terminado, veremos la plenitud de lo que Él comenzó en nosotros.





Comentarios