EL FALSO ESPÍRITU DE LA NAVIDAD. FABIAN MASSA.
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Llega
Diciembre, y ya se respira clima festivo…el Árbol de Navidad, Papá Noel con sus
renos y los regalos Año Nuevo, Reyes y los respectivos presentes. Hay países
donde se hace un culto del “Espíritu Navideño”. Pero todo esto
no tiene nada que ver con la Navidad ni con Cristo. “La Navidad”, no es una Fiesta Cristiana, sino
pagana y comercial.
”Las fiestas Celtas del Solsticio”
En las tierras antiguas
de los celtas, el solsticio de invierno era un umbral sagrado. La noche más
larga del año marcaba el triunfo momentáneo de la oscuridad, pero también
anunciaba el renacimiento del sol. Los clanes se reunían alrededor de grandes
hogueras, encendidas en colinas y claros, como si quisieran ayudar al astro a
recuperar su fuerza. Cada chispa que ascendía al cielo era un símbolo de
esperanza: la certeza de que la luz volvería a crecer día tras día.
Entre los símbolos más
poderosos estaba el muérdago. Colgado en las casas y usado en los rituales,
representaba la vida que persiste incluso en medio del frío más duro. Era
considerado una planta mágica, capaz de proteger, sanar y asegurar la
fertilidad. Junto al acebo y el roble, el muérdago recordaba que la vida nunca
desaparece del todo, sino que espera su momento para florecer.
Lo fascinante es que este
mismo muérdago, tan central en las celebraciones celtas, se encuentra hoy
“infiltrado” en la Navidad cristiana. El gesto de colgarlo en las casas, de
besarse bajo sus ramas, es un eco de aquellos antiguos rituales de esperanza y
protección. En este sentido, el muérdago es un puente entre mundos: de los
rituales celtas que buscaban la protección en la noche más oscura, hasta la
Navidad, donde aparece como símbolo de unión y afecto.
Banquetes y cantos
acompañaban la vigilia. Se compartía comida abundante, no solo para celebrar,
sino para afirmar la unión de la comunidad frente a la adversidad. El solsticio
era un recordatorio de que la vida se renueva, que la oscuridad nunca es definitiva,
y que la esperanza se enciende en cada corazón como las llamas en la hoguera.
En contraste, el
solsticio de verano celebraba la plenitud y la fertilidad, pero el de invierno
tenía un carácter más profundo: era la promesa de la luz en medio de la noche
más larga, el inicio de un nuevo ciclo cósmico y espiritual, cuya huella sigue
viva en nuestras fiestas actuales.
Narrativa del Árbol de
Navidad
En los antiguos pueblos
germánicos y nórdicos, los árboles eran mucho más que parte del paisaje: eran
símbolos de vida y fuerza. El roble y el abeto, que permanecían verdes incluso
en el invierno más duro, se consideraban sagrados. Durante el solsticio de
invierno, se decoraban con ofrendas, velas y símbolos para honrar a los dioses
y pedir protección, fertilidad y abundancia para el nuevo ciclo. El árbol verde
era un recordatorio de que la vida persistía incluso en medio de la oscuridad.
Con la llegada del
cristianismo, estas prácticas no desaparecieron, sino que fueron sincretizadas.
El árbol pasó a simbolizar la vida eterna en Cristo, y las decoraciones
adquirieron nuevos significados:
- Las velas representaban la luz de Jesús que vence la oscuridad.
- Las manzanas evocaban el fruto del Edén y la redención.
- Más tarde, las esferas y adornos se transformaron en símbolos de dones y bendiciones.
La tradición se consolidó
en Alemania durante la Edad Media y el Renacimiento, donde los árboles
decorados se convirtieron en parte de las celebraciones navideñas. Desde allí,
la costumbre se difundió a toda Europa. En el siglo XIX, gracias a la influencia
de la reina Victoria y el príncipe Alberto —de origen alemán—, el árbol de
Navidad se popularizó en Inglaterra y luego en América, extendiéndose
finalmente al mundo entero.
CÓMO
REEMPLAZÓ LA IGLESIA DE ROMA LAS BACANALES Y SATURNALIAS POR LA NAVIDAD
TAL COMO LA CONOCEMOS.
En
la Roma antigua, el mes de diciembre estaba marcado por celebraciones intensas.
La Saturnalia, dedicada al dios Saturno, era una fiesta de abundancia y
desorden: se suspendían las normas sociales, los esclavos se sentaban a la mesa
como iguales, se intercambiaban regalos y las calles se llenaban de luces y
banquetes. Era el tiempo de la inversión de roles, de la risa y del exceso, un
recordatorio de la fertilidad y la abundancia que el dios Saturno otorgaba.
Junto
a ella, las Bacanales, vinculadas al dios Baco (Dionisio en Grecia), celebraban
el vino, la sensualidad y la liberación de las pasiones. Aunque en Roma fueron
reguladas y limitadas por su carácter desbordado, dejaron huella como fiestas
de desenfreno y vitalidad.
Cuando
el cristianismo comenzó a expandirse en el Imperio, la Iglesia de Roma enfrentó
un desafío: ¿cómo sustituir estas celebraciones profundamente arraigadas en el
pueblo? La estrategia no fue destruirlas, sino sincretizarlas. Se tomó el
calendario festivo y se resignificaron sus símbolos.
Así,
el 25 de diciembre, fecha cercana al solsticio de invierno y al clímax de la
Saturnalia, fue elegido para celebrar el nacimiento de Cristo, la luz verdadera
que vence la oscuridad. Los banquetes, las luces y los regalos no
desaparecieron: se transformaron en expresiones de alegría cristiana. Lo que
antes era exceso y desorden, se convirtió en celebración de la esperanza y la
fraternidad.
El
vino de las Bacanales encontró eco en la Eucaristía, donde el vino ya no
simbolizaba desenfreno, sino la sangre de Cristo. La inversión de roles de la
Saturnalia se reinterpretó como la humildad del Dios hecho hombre, que nace en
un pesebre y dignifica a los pobres y marginados.
A
estos estudios habría que agregarle el tema de la pirotecnia, que originalmente
se estilaba en la China Antigua para espantar a los “Malos Espíritus” y a “La
Mala Suerte” y que hoy aterroriza de muerte a nuestras mascotas y a los
más pequeños.
También
hay que sumarle a Santa Claus y/o Papá Noel, personajes inventados que
nada tienen que ver con el nacimiento de Cristo y que solo fomentan en los
niños en deseo de adquirir juguetes, y el de los comerciantes de venderlos.
Pero la Escritura nada dice de festejar la Navidad… De hecho lo que Jesús dejó establecido es el festejo de la Santa Cena, como recordatorio del Nuevo Pacto en su Sangre derramada por todos los que están predestinados, los que hemos creído y nacido de nuevo (Mateo 26:28; Marcos 14:24 y Lucas 22:20). De acuerdo a esto, lo que pidió Jesús es que recordemos el propósito de su Vida y el porqué de su Muerte: Nuestra Salvación.
- Tomar la Santa Cena, comer un poco de pan y una copita de jugo de uvas, sin entender lo que se está haciendo, es solo eso: un bocado de pan y un trago de jugo.
- Tomar la Sana Cena es vivir conforme a lo que Cristo ordenó, entendiendo y poniendo en práctica la Su Palabra.
No
es tan problemático que festejemos Navidad el 25 de Diciembre, sería una
convención, (aunque es sabido que Cristo nació para Tabernáculos, a principios
de Octubre) lo verdaderamente malo es que no le pongamos el sentir correcto,
que la desvirtuemos a algo totalmente carnal y comercial y que dejemos a Cristo
fuera de la “fiesta”.
Por
eso, si eres “cristiano”, deja ya todas estas cosas paganas, deja de practicar
la tontera del Arbolito, las luces, la pirotecnia, las Bacanales (comer y beber
hasta reventar), el consumismo, los renos y los Papás Noel de la Vida…deja ya
todas esas tonteras y prédica La Palabra en tu casa, enseñando y viviendo como
Dios manda.
La
Semana 70 está a las puertas y todavía muchos están en la “Tontera Santa”.
Despierta tú el que duerme y también tú, Ungido, que los “Duermes” en el engaño
de la Falsa Religión disfrazada de “Cristianismo”.


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