APOCALIPSIS 14.14-20 FABIAN MASSA.

 

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS

LA COSECHA DE LA TIERRA.

14 Miré y apareció una nube blanca, sobre la cual estaba sentado alguien «con aspecto de un hijo de hombre». En la cabeza tenía una corona de oro y en la mano, una hoz afilada. 15 Entonces salió del templo otro ángel y gritó al que estaba sentado en la nube: «Mete la hoz y recoge la cosecha; ya es tiempo de segar, pues la cosecha de la tierra está madura». 16 Así que el que estaba sentado sobre la nube pasó la hoz y la tierra fue segada.

Esta primera cosecha, es la Iglesia. El arrebatamiento de las almas de los Santos, para ser llevados al Cielo,  porque sus cuerpos quedarán aquí, en la Tierra.

17 Del templo que está en el cielo salió otro ángel, que también llevaba una hoz afilada. 18 Del altar salió otro ángel, que tenía autoridad sobre el fuego y gritó al que llevaba la hoz afilada: «Mete tu hoz y corta los racimos del viñedo de la tierra, porque sus uvas ya están maduras». 19 El ángel pasó la hoz sobre la tierra, recogió las uvas y las echó en el gran lagar de la ira de Dios. 20 Las uvas fueron exprimidas fuera de la ciudad y del lagar salió sangre, la cual llegó hasta los frenos de los caballos en una extensión de mil seiscientos estadios.[Aprox. 300 km).

Esta segunda cosecha es la de los impíos, los cuales serán arrojados al gran lagar de la ira de Dios, y su número será muy grande, porque se formó un lago de sangre de más de un metro de altura por 300 km de diámetro.

Ver el paralelismo que hay con este pasaje de Isaías 63.1-6:

El día de la venganza y la redención de Dios

1.      ¿Quién es este que viene de Edom,

    desde Bosra, con ropas teñidas de rojo?

¿Quién es este de espléndido ropaje,

    que avanza[a] con fuerza arrolladora?

 

«Soy yo, el que habla con justicia,

    el que tiene poder para salvar».

2 ¿Por qué están rojos tus vestidos,

    como los del que pisa las uvas en el lagar?

3 «He pisado el lagar yo solo;

    ninguno de los pueblos estuvo conmigo.

Los he pisoteado en mi enojo;

    los he aplastado en mi ira.

Su sangre salpicó mis vestidos,

    y me manché toda la ropa.

4 ¡Ya tengo planeado el día de la venganza!

    ¡El año de mi redención ha llegado!

5 Miré, pero no hubo quien me ayudara,

    me asombró que nadie me diera apoyo.

Mi propio brazo me dio la victoria;

    mi propia ira me sostuvo.

6 En mi enojo pisoteé a los pueblos

    y los embriagué con la copa de mi ira;

    hice correr su sangre sobre la tierra».

 

Ambos textos nos recuerdan que el juicio de Dios es inevitable y universal. La imagen del lagar, tan cotidiana en la cultura agrícola, se convierte en un símbolo de la ira divina que aplasta y exprime el mal. Pero no es un juicio arbitrario: Isaías lo vincula con la redención (“el año de mi redención ha llegado”) y Apocalipsis lo presenta como la consumación de la historia, donde el mal es finalmente derrotado.

En conjunto, Isaías y Apocalipsis muestran que el Dios que salva es también el Dios que juzga. La misma fuerza que garantiza la redención de los suyos es la que ejecuta justicia contra el pecado.



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