APOCALIPSIS 22.1-6 EL RIO DE VIDA. FABIAN MASSA.
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22.1 Luego
el ángel me mostró un río de agua de vida, claro como el cristal, que salía del
trono de Dios y del Cordero 2 y corría por el centro de la
calle (o plaza)] principal de la ciudad. A cada lado del río
estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y
las hojas del árbol son para la salud de las naciones.
En Apocalipsis 22, Juan contempla
una visión gloriosa del destino final de la humanidad redimida. El ángel le
muestra un río de agua de vida, claro como el cristal, que fluye directamente
del trono de Dios y del Cordero. Esta imagen simboliza la vida eterna, la
pureza y la renovación constante que emanan de la presencia divina. A ambos
lados del río se encuentra el árbol de la vida, que da fruto cada mes —doce
cosechas al año— y cuyas hojas son para la sanidad de las naciones. Esta escena
no solo evoca el Edén original, sino que lo supera: ya no es un jardín cerrado,
sino una ciudad abierta, glorificada, donde la vida fluye sin interrupción y la
sanidad alcanza a todos los pueblos.
Esta visión tiene una conexión
directa con la profecía de Ezequiel 47. Allí, el profeta ve un río que fluye
desde el umbral del templo, cuyas aguas aumentan en profundidad a medida que
avanzan, y que sanan incluso las aguas saladas del mar Muerto. A lo largo de
sus orillas crecen árboles que dan fruto constante, y cuyas hojas también son
medicinales. Ambas visiones comparten elementos clave: el río que brota del
lugar de la presencia de Dios, la vegetación que da fruto inagotable, y las
hojas que traen sanidad.
Sin embargo, Apocalipsis lleva
esta imagen a su plenitud. En lugar de un templo físico, el río fluye desde el
trono mismo de Dios y del Cordero, porque ya no hay templo: Dios y el Cordero
son el templo. La sanidad ya no es solo para una región, sino para todas las
naciones. El árbol de la vida, que en Génesis fue vedado tras la caída, ahora
está accesible y central en la vida de la ciudad. Es una visión de restauración
total, donde la comunión con Dios es continua, la vida es abundante, y la
humanidad redimida vive en plenitud.
3 Ya no
habrá maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad. Sus
siervos lo adorarán; 4 lo verán cara a cara y llevarán su
nombre en la frente.
La conexión con Dios (Padre e
Hijo) será de manera abierta, Cara a cara.
5 Ya no
habrá noche; no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios los
alumbrará. Y reinarán por los siglos de los siglos.
Ya no habrá Noche, ni Sol…Evidentemente
ya no estaremos en el plano material. Ya no habrá maldición. Todo vestigio del
pecado, del dolor, de la separación ha sido eliminado. La ciudad no solo es
santa, sino que está libre de toda consecuencia de la caída. El trono de Dios y
del Cordero está en medio de ella: la autoridad divina y la redención están
plenamente presentes, visibles, accesibles.
Los siervos de Dios lo adorarán,
lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Esta es la culminación
de toda promesa bíblica: ver a Dios sin mediación, sin temor, sin distancia. El
nombre en la frente indica identidad, pertenencia y consagración total. Ya no
hay confusión ni olvido: somos suyos, y lo sabemos plenamente.
Ya no habrá noche. No se
necesitará lámpara ni sol, porque el Señor Dios mismo será la luz. Esta no es
solo una afirmación física, sino ontológica: la realidad ha sido transformada.
No estamos ya en el plano material tal como lo conocemos. La luz no es creada,
sino emanada directamente de Dios. Es una existencia sostenida por su
presencia, no por ciclos naturales.
Y reinarán por los siglos de los
siglos. La humanidad redimida no solo habita la ciudad: participa del gobierno
eterno de Dios. Es una restauración del mandato original del Edén, pero ahora
sin posibilidad de caída, en una comunión glorificada y activa.
6 El
ángel me dijo: «Estas palabras son verdaderas y dignas de confianza. El Señor,
el Dios que inspira a los profetas, ha enviado a su ángel para mostrar a sus
siervos lo que tiene que suceder sin demora».
Apocalipsis 22 no cierra el
relato con un punto final, sino que abre una puerta hacia la plenitud: una
creación restaurada, una humanidad reconciliada entre sí y una comunión sin interrupciones con Dios.


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