APOCALIPSIS 21 LA NUEVA JERUSALEM. FABIAN MASSA.

 

NO PEDIMOS DIEZMOS NI OFRENDAS

21 Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar.

Es la continuación de Ap. 20.11, cuando comienza el Juicio a los Muertos:

20.11 Luego vi un gran trono blanco y a alguien que estaba sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, sin dejar rastro alguno.

De manera que literalmente habrá un Cielo y una Tierra nueva.

2 Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido.

Ya no es una Ciudad hecha por hombres, sino que baja directamente del Cielo, de Dios mismo.

 3 Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está el santuario de Dios! Él habitará en medio de ellos y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. 4 Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir».5 El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!». Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza».

6 También me dijo: «Ya todo está hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida. 7 El que salga vencedor heredará todo esto y yo seré su Dios y él será mi hijo.

Este pasaje de Apocalipsis 21 describe la culminación del plan redentor de Dios: la restauración total de la creación y la comunión eterna con la humanidad. Una voz desde el trono anuncia que el santuario de Dios está ahora entre los seres humanos; Él habitará con ellos, enjugará toda lágrima y eliminará para siempre la muerte, el dolor y el sufrimiento. El que está sentado en el trono declara: “Yo hago nuevas todas las cosas”, confirmando que estas palabras son verdaderas y confiables. Dios se revela como el Alfa y la Omega, el principio y el fin, y promete saciar gratuitamente a quien tenga sed de vida. Aquel que persevere y venza heredará esta realidad gloriosa, siendo reconocido como hijo de Dios. Es una visión de esperanza, plenitud y victoria definitiva.

8 Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican artes mágicas, los idólatras y todos los mentirosos recibirán como herencia el lago de fuego y azufre. Esta es la segunda muerte».

Mientras que los vencedores heredan la comunión eterna con Dios, aquí se enumeran aquellos que, por su rechazo a la verdad y persistencia en el mal, no participan del Reino sino que enfrentan la “segunda muerte”: el lago de fuego.

9 Se acercó uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas con las últimas siete plagas. Me dijo: «Ven, que te voy a presentar a la novia, la esposa del Cordero». 10 Me llevó en el Espíritu a una montaña grande y elevada, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios. 11 Resplandecía con la gloria de Dios y su brillo era como el de una piedra preciosa, semejante a una piedra de jaspe transparente.

El ángel invita a Juan a contemplar a la “novia, la esposa del Cordero”, que se revela como la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descendiendo del cielo. Esta ciudad no es solo un lugar físico, sino una imagen de la comunidad redimida, preparada para vivir en plena comunión con Dios.

La ciudad resplandece con la gloria divina, y su brillo es comparado con una piedra preciosa, como jaspe transparente, lo que transmite pureza, belleza y santidad. Esta visión une dos grandes símbolos bíblicos: el matrimonio (la unión íntima y eterna entre Cristo y su pueblo) y la ciudad (el lugar de comunión, seguridad y plenitud).

Es una escena que anticipa la consumación del propósito divino: Dios habitando con su pueblo en una realidad glorificada, sin corrupción ni separación.

 12 Tenía una muralla grande y alta, y doce puertas custodiadas por doce ángeles en las que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. 13 Tres puertas daban al este, tres al norte, tres al sur y tres al oeste. 14 La muralla de la ciudad tenía doce cimientos en los que estaban los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

15 El ángel que hablaba conmigo llevaba una vara de oro para medir la ciudad, sus puertas y su muralla. 16 La ciudad era cuadrada; medía lo mismo de largo que de ancho. El ángel midió la ciudad con la vara y midió doce mil estadios:[a] su longitud, su anchura y su altura eran iguales. 17 Midió también la muralla que tenía ciento cuarenta y cuatro codos,[b] según las medidas humanas que el ángel empleaba. 18 La muralla estaba hecha de jaspe y la ciudad era de oro puro, semejante a cristal pulido. 19 Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban decorados con toda clase de piedras preciosas: el primero con jaspe, el segundo con zafiro, el tercero con ágata, el cuarto con esmeralda, 20 el quinto con ónice, el sexto con rubí, el séptimo con crisólito, el octavo con berilo, el noveno con topacio, el décimo con crisoprasa, el undécimo con jacinto y el duodécimo con amatista.[c] 21 Las doce puertas eran doce perlas y cada puerta estaba hecha de una sola perla. La calle[d] principal de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente.

Este pasaje de Apocalipsis 21:12–21 describe con detalle la estructura, dimensiones y belleza de la Nueva Jerusalén, y efectivamente guarda un paralelismo profundo con la visión de la ciudad en Ezequiel 40–48:

Síntesis de Apocalipsis 21:12–21

  • Muralla grande y alta con doce puertas, cada una custodiada por un ángel y con el nombre de una de las doce tribus de Israel (v.12).
  • Las puertas están distribuidas simétricamente: tres por cada punto cardinal (v.13).
  • La muralla tiene doce cimientos, con los nombres de los doce apóstoles del Cordero, uniendo así el Antiguo y el Nuevo Pacto (v.14).
  • El ángel mide la ciudad con una vara de oro: es perfectamente cúbica, con doce mil estadios de largo, ancho y alto (v.15–16).
  • La muralla mide 144 codos (12 x12) y está hecha de jaspe, mientras que la ciudad es de oro puro, como cristal pulido (v.17–18).
  • Los cimientos están decorados con doce piedras preciosas, cada una distinta, reflejando belleza, diversidad y gloria (v.19–20).
  • Las puertas son doce perlas, y la calle principal es de oro puro, transparente como cristal (v.21).

Paralelismo con la Ciudad de Ezequiel

  • En Ezequiel 40–48, el profeta también es llevado a una montaña alta para ver una ciudad futura, medida con precisión por un ángel.
  • La ciudad tiene puertas con nombres de las tribus de Israel, distribuidas por los puntos cardinales (Ezequiel 48:30–35).
  • Hay una clara intención de mostrar orden, santidad y comunión, con el templo en el centro y la gloria de Dios llenando el lugar.
  • En ambos casos, la ciudad representa la presencia restaurada de Dios entre su pueblo, pero en Apocalipsis, ya no hay templo, porque Dios mismo y el Cordero son el templo (Ap. 21:22).

¿Qué revela este paralelismo?

  • Que la visión de Ezequiel anticipa la consumación que Juan ve en Apocalipsis.
  • Que la Nueva Jerusalén no es solo una ciudad, sino una comunidad glorificada, construida sobre la historia redentora de Israel y la Iglesia.
  • Que la belleza, simetría y materiales preciosos reflejan la santidad, la unidad y la gloria de Dios en su morada eterna.
  • La perfección numérica y de formas, destaca la Perfección de Dios en la Nueva Jerusalén.

22 No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo. 23 La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera. 24 Las naciones caminarán a la luz de la ciudad, y los reyes de la tierra le entregarán sus espléndidas riquezas.25 Sus puertas estarán abiertas todo el día, pues allí no habrá noche. 26 Y llevarán a ella todas las riquezas y el honor de las naciones. 27 Nunca entrará en ella nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino solo aquellos que tienen su nombre escrito en el libro de la vida, el libro del Cordero.

La visión de la Nueva Jerusalén culmina con una imagen de comunión perfecta: ya no hay templo, porque Dios mismo y el Cordero son su santuario. La ciudad no necesita sol ni luna, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Las naciones redimidas caminan a su luz, y los reyes de la tierra le ofrecen sus riquezas en adoración. Las puertas permanecen abiertas, porque no hay noche ni amenaza, y todo lo valioso y honorable de las culturas entra en ella. Sin embargo, la santidad es absoluta: nada impuro, falso o idólatra tiene acceso. Solo entran aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero. Es una visión de luz, plenitud y pureza, donde la presencia de Dios lo llena todo y la comunidad redimida vive en unidad glorificada.



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