EL FRACASADOR ESTRATÉGICO: CUANDO LA CEGUERA IDEOLÓGICA IMPIDE EL APRENDIZAJE. FABIÁN MASSA
FRACASADORES ESTRATÉGICOS, FRACASADORES SERIALES
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Hay personas que no fracasan por
falta de inteligencia, recursos o esfuerzo. Fracasan porque insisten en aplicar
la misma estrategia, una y otra vez, a pesar de que el resultado es
sistemáticamente malo. No se trata de error, sino de ceguera estratégica: una
forma de pensar que se aferra a esquemas rígidos, ignora la evidencia y
convierte el método en dogma.
Este perfil puede encontrarse en
cualquier ámbito: religión, política, economía, filosofía, cultura o sociedad.
Lo que lo define no es el contenido de sus ideas, sino su incapacidad para
revisar, adaptar o aprender. Cree que cambiar de estrategia es traicionar sus
principios, cuando en realidad es la única forma de evolucionar.
RASGOS DEL FRACASADOR
ESTRATÉGICO
- Confunde coherencia con obstinación: cree que mantenerse firme en su método es señal de integridad, aunque los resultados lo contradigan.
- Rechaza la evidencia empírica: interpreta los fracasos como culpa del entorno, nunca como señal de que debe cambiar.
- Se aferra a esquemas ideológicos: convierte sus ideas en dogmas inmutables, inmunes a la crítica o al contexto.
- Desprecia la adaptabilidad: ve la flexibilidad como debilidad, no como inteligencia contextual.
- Se victimiza ante el fracaso: en lugar de aprender, se reafirma en su narrativa de “yo tenía razón, el mundo está equivocado”.
Este tipo de ceguera no es solo
intelectual, es existencial. Es una forma de protegerse del dolor de revisar,
del riesgo de cambiar, del vértigo de pensar distinto. Pero el precio es alto:
fracaso tras fracaso, sin aprendizaje.
APLICACIONES EN DISTINTOS
CAMPOS
Política
Insiste en modelos que ya han
demostrado ser ineficaces. Repite discursos que no conectan, promesas que no se
cumplen y tácticas que polarizan. Cree que “ser fiel a la línea” es más
importante que leer el momento histórico. Resultado: pérdida de legitimidad,
desconexión con la ciudadanía y crisis institucional.
El populismo que repite promesas vacías
Gobiernos que insisten en fórmulas populistas basadas en subsidios masivos, control de precios y discursos épicos, sin resolver problemas estructurales. Aunque la inflación, el desempleo y la inseguridad aumentan, el relato se mantiene intacto. Se culpa al “enemigo externo” o a “la herencia recibida”, pero nunca se revisa la estrategia. Resultado: pérdida de credibilidad, polarización y desgaste institucional.
Economía
Aplica recetas rígidas —ya sean
ultraliberales o hiperestatistas— sin considerar el contexto. Ignora los datos,
desprecia la evidencia comparada y repite fórmulas que generan inflación,
desempleo o estancamiento. No ajusta el modelo, ajusta la realidad a la fuerza.
Resultado: estancamiento, fuga de capitales y pérdida de innovación.
El proteccionismo extremo que asfixia la producción
Modelos que cierran la economía al mundo, creyendo que el
aislamiento protege la industria nacional. En la práctica, generan escasez,
baja competitividad y dependencia estatal. A pesar de los datos, se insiste en
la misma receta, como si el contexto global no existiera. Resultado: pérdida de
dinamismo, atraso tecnológico y dependencia crónica.
Filosofía
Se encierra en sistemas que ya no
dialogan con la experiencia humana. Repite categorías abstractas sin conexión
con la vida real. Cree que pensar es repetir, no explorar. Su discurso se
vuelve autorreferencial, estéril, incapaz de iluminar el presente. Resultado:
discursos desconectados de la realidad, incapaces de dialogar con la
complejidad contemporánea.
El Marxismo Como Dogma
Inmutable
Aunque el marxismo aportó
críticas valiosas al capitalismo y a las estructuras de poder, su aplicación
rígida como sistema totalizante ha fracasado repetidamente. Sin embargo,
algunos sectores lo siguen defendiendo como si fuera una verdad revelada, ignorando
sus contradicciones internas y su historial de autoritarismo. Resultado:
estancamiento teórico, polarización ideológica y pérdida de relevancia.
Cultura
Defiende expresiones artísticas,
estéticas o narrativas que ya no conmueven ni interpelan. Rechaza la
innovación, la mezcla, la evolución. Se aferra a una “pureza” que termina
siendo irrelevante. Resultado: desconexión con las nuevas generaciones.
El academicismo que desprecia lo popular
Instituciones culturales que siguen promoviendo expresiones artísticas
elitistas, incomprensibles para la mayoría, creyendo que lo “culto” debe
mantenerse puro. Rechazan lo urbano, lo híbrido, lo digital. Resultado: museos
vacíos, obras irrelevantes y una cultura que no dialoga con su tiempo.
Sociedad
Insiste en estructuras de
convivencia que ya no funcionan: modelos familiares, educativos o comunitarios
que no responden a las nuevas realidades. Cree que el cambio es decadencia,
cuando en realidad es necesidad adaptativa. Resultado: fragmentación, exclusión,
estancamiento.
El modelo educativo que ignora
el presente
Sistemas escolares que siguen
enseñando como en el siglo XIX: clases magistrales, memorización, castigos y
horarios rígidos. Aunque los chicos viven en un mundo digital, emocional y
colaborativo, se insiste en métodos que ya no forman ni transforman. Resultado:
desmotivación, fracaso escolar y brechas sociales cada vez más profundas.
Religión
Predica con lenguaje del siglo
XVI, se viste como en el siglo VI y se comunica como si el mundo no hubiera
cambiado. Confunde fidelidad con anacronismo. El mensaje puede ser eterno, pero
si la forma no conecta, no transforma. Resultado: ritualismo sin impacto,
espiritualidad sin encarnación. Religión muerta.
La forma sin reforma
Aunque nació como un movimiento
de ruptura, muchas ramas del protestantismo clásico han terminado replicando el
mismo patrón que originalmente denunciaron: rigidez litúrgica, lenguaje
arcaico, estructuras jerárquicas y una teología desconectada del presente. Se
predica con un español del siglo XVI, como si la Reina-Valera fuera más santa
por sonar antigua. Se canta con himnarios que ya no conmueven. Se enseña con
esquemas doctrinales cerrados, como si el Espíritu hubiera dejado de hablar
después de Calvino o de Lutero. Y lo más paradójico: se considera “fiel a la
Reforma”, cuando en realidad ha perdido su espíritu reformador. También se
observa en expresiones litúrgicas como la Iglesia de Roma o la Ortodoxa Griega,
donde la vestimenta, el lenguaje y la estética pertenecen a siglos pasados. Resultado:
jóvenes ausentes, comunidades envejecidas a punto de morir, por ejemplo, Europa
a punto de ser absorbida por el islam y América Latina devorada por el Narcotráfico… Un
mensaje pseudo-cristiano que suena más a museo y naftalina que a vida.
Conclusión: cambiar no es
traicionar
- El fracasador estratégico no necesita más convicción. Necesita más conciencia. No necesita más fidelidad al esquema. Necesita más apertura a la realidad.
- Cambiar de estrategia no es traicionar los principios. Es darles vida en el presente. Adaptarse no es rendirse. Es madurar.
- Porque si el método se convierte en ídolo, el fracaso será inevitable. Y si el fracaso no enseña, entonces no fue solo un error: fue una decisión ciega.


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