IS 43.10-13 & IS. 44.6-8: LA FE FUNDAMENTADA EN LA LOGICA Y LA RAZÓN. FABIAN MASSA.
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Si analizamos los textos de
Isaías 43.10-13 e Isaías 44.6-8
10 «Ustedes
son mis testigos», afirma el Señor,
«y mi siervo a quien he escogido,
para que me
conozcan y crean en mí,
y entiendan que yo soy.
Antes de mí no
hubo ningún otro dios
ni habrá ninguno después de mí.
11 Yo, yo soy
el Señor,
fuera de mí no hay ningún otro salvador.
12 Yo he
anunciado, salvado y proclamado;
yo entre ustedes y no un dios extraño.
Ustedes son
mis testigos de que yo soy Dios»,
afirma el Señor.
13 «Desde los
tiempos antiguos, yo soy.
No hay quien pueda librar de mi mano.
Lo que yo hago, nadie puede desbaratarlo».
Isaías 44.6-8 El Señor y
los ídolos
6 »Así dice el
Señor, el Señor de los Ejércitos,
Rey y Redentor de Israel:
“Yo soy el
Primero y el Último;
fuera de mí no hay otro dios.
7 ¿Quién es
como yo?
Que lo diga.
Que declare lo que ha ocurrido
desde que
establecí a mi antiguo pueblo;
que exponga ante mí lo que está por venir,
que anuncie lo que va a suceder.
8 No tiemblen
ni se asusten.
¿Acaso no lo anuncié y predije hace tiempo?
Ustedes son
mis testigos.
¿Hay algún Dios fuera de mí?
No, no hay
otra Roca;
no conozco ninguna”».
Los pasajes de Isaías 43 y 44 transmiten un mismo mensaje central: Dios se revela como el único Señor, eterno y soberano, sin que exista otro dios fuera de Él. En Isaías 43, el Señor afirma que antes de Él no hubo ningún otro dios ni lo habrá después, y declara que solo en Él se encuentra la salvación. En Isaías 44, se presenta como el Primero y el Último, el Rey y Redentor de Israel, reafirmando que no hay otra “Roca” que pueda igualarlo.
En ambos textos, el pueblo de Israel es llamado a ser testigo de esta verdad, a reconocer y proclamar que Dios es único y que lo que Él hace nadie puede desbaratar. Se subraya su poder absoluto, su capacidad de anunciar y cumplir lo que ha de suceder, y su carácter eterno e inmutable. Esto significa que Dios exige fe en Él, pero no una fe irracional o ciega, sino una fe razonada y lógica, fundamentada en las pruebas que Él mismo ha dado. El Señor profetizó primero lo que habría de cumplirse después, y esas palabras quedaron registradas en la historia como testimonio de su veracidad y fidelidad. Así, la confianza en Dios se apoya en hechos concretos: lo anunciado se cumplió, y lo prometido se sostiene en su autoridad soberana. Por lo tanto, lo profetizado que aún no se ha cumplido, se cumplirá en su tiempo.
De este modo, la voz profética une ambos pasajes en una proclamación firme: Dios es el único Salvador y Redentor, el Señor eterno que gobierna desde los tiempos antiguos, y el pueblo tiene la misión de dar testimonio de su exclusividad frente a cualquier ídolo o creencia ajena, con una fe que descansa en la evidencia histórica de su obrar y en la lógica de su revelación.
Así como Israel fue llamado en la Antigüedad a ser testigo de la exclusividad y fidelidad de Dios, nosotros, los Creyentes, también lo somos hoy. Al mirar la Escritura y la Historia, vemos que muchas de sus profecías ya se han cumplido, y al aplicar su Palabra en nuestra vida diaria comprobamos que sus promesas se cumplen en nosotros. Esto nos da una fe razonada y lógica, cimentada en hechos y en experiencia personal. Por eso, podemos esperar con confianza que lo que aún está por cumplirse se realizará en el tiempo señalado por Dios. Esta certeza nos sostiene: el mismo Señor que cumplió lo que anunció en el pasado, cumplirá también lo que ha prometido para el futuro, y nuestra misión es vivir y proclamar esa esperanza con firmeza y gratitud.


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