APOCALIPSIS 3.7-13 – NOTICIA DE FILADELFIA, SIMON KISTEMAKER.
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APOCALIPSIS 3.7-13 – NOTICIA DE FILADELFIA
La Promesa a los Fieles de Filadelfia
Esta historia comienza con la
voz de aquel que es Santo y Verdadero, quien sostiene en sus manos la autoridad
suprema: la Llave de David. Él es quien tiene el poder absoluto para decidir
destinos; cuando Él abre una puerta, ninguna fuerza puede cerrarla, y cuando Él
la cierra, nadie tiene el poder de abrirla.
Con esa autoridad, se dirige a la pequeña iglesia de Filadelfia. Él les dice: «Los he estado observando y conozco todo lo que han hecho». Reconoce que es una comunidad con pocas fuerzas, quizás pequeña o agotada, pero que posee un valor inmenso: a pesar de su debilidad, han obedecido su palabra y jamás han negado su nombre.
Como recompensa a esa lealtad, Él les hace un regalo que nadie les podrá quitar: ha dejado delante de ellos una puerta abierta, un acceso directo a la gracia y a la oportunidad que ningún enemigo podrá bloquear.
Luego, aborda la oposición que sufren. Les asegura que aquellos que mienten y se hacen llamar "judíos" sin serlo —la llamada sinagoga de Satanás— tendrán que ceder. Llegará el día en que esos adversarios vendrán a postrarse ante la iglesia, obligados a reconocer una verdad ineludible: que Cristo ha amado a esta pequeña comunidad.
Además, les ofrece una garantía de protección. Dado que ellos tuvieron la paciencia de resistir, Él los protegerá de la terrible "hora de prueba" que está por caer sobre el mundo entero.
El mensaje concluye con una nota de urgencia y esperanza eterna: «Vengo pronto», les dice. La instrucción es simple: aferrarse con fuerza a lo que ya tienen para que nadie les robe su premio. Al que logre vencer, le espera un destino de honor: se convertirá en una columna inamovible en el templo de Dios, y nunca más tendrá que salir de allí. Sobre él, como un sello de propiedad eterna, estarán grabados el nombre de Dios, el nombre de la Nueva Jerusalén que desciende del cielo y el nombre nuevo de Cristo.
El relato termina con una invitación universal: «El que tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu dice».
LA LLAVE DE DAVID
Para comprender la profundidad de este símbolo, debemos remontarnos a la antigüedad bíblica, una época en la que las llaves no eran pequeños objetos de bolsillo, sino instrumentos enormes y pesados, hechos de madera y hierro, que se debían cargar sobre el hombro. Portar una llave de tal magnitud era una señal pública e inconfundible de que esa persona tenía la autoridad total para administrar la casa del rey, decidiendo quién podía entrar y quién quedaba fuera. Esta imagen es la que encontramos plasmada en la profecía de Isaías 22, donde se le otorga a Eliaquim la administración del palacio con la sentencia de que pondrían "la llave de la casa de David sobre su hombro", de modo que cuando él abriera, nadie podría cerrar, y cuando cerrara, nadie podría abrir.
Siglos más tarde, en el texto de Apocalipsis, esta figura cobra su sentido definitivo y eterno en la persona de Jesús. Él, siendo humanamente descendiente directo del linaje real de la Casa de David, posee el derecho legal y de sangre para reclamar el trono como el legítimo Heredero. Por lo tanto, quien tiene la mentada llave es indudablemente Jesucristo; Él une su herencia real con su poder divino, cargando sobre sus hombros ya no un instrumento físico, sino la autoridad espiritual suprema e irrevocable para decidir quién tiene acceso a la salvación y a la vida eterna, una puerta que ninguna fuerza humana puede bloquear.
Comentario a Apocalipsis 3:7–13 de Simon Kistemaker PDF
páginas 138 - 139
Filadelfia.
Situada a unos cincuenta
kilómetros al sureste de Sardis y a unos noventa y cinco al este de Esmirna, Filadelfia
(la moderna Alaşehir) fue fundada en el 140 a.C. por Átalo II.18 Su sobrenombre
era Philadelphus, y por amor a su hermano Eumenes llamó a la ciudad Filadelfia,
ciudad del amor fraterno.
Estaba estratégicamente situada a lo largo de una carretera muy frecuentada que unía el este (Asia) con el oeste (Europa). Era una ciudad con una puerta abierta por la cual se difundieron desde Grecia y Macedonia hasta Asia Menor y Siria el comercio, la lengua griega y la cultura griega.
La palabra de Jesús «he colocado delante de ti una puerta abierta» (v. 8) la recibieron muy bien los cristianos que residían en la ciudad y que difundían activamente el evangelio de Jesucristo.
El área que circundaba
Filadelfia era volcánica y se la conocía como «la tierra quemada». Cenizas volcánicas
habían caído en ella y convirtieron su suelo en sumamente fértil. En los
terrenos alrededor de la ciudad el paisaje estaba salpicado de viñedos, de modo
que llegó a ser conocida por sus vinos y bebidas. Sin embargo, debido a la
actividad volcánica, la ciudad sufrió a menudo terremotos. Un terremoto muy
intenso destruyó la ciudad en el 17 d.C., después de lo cual el emperador
Tiberio la declaró exenta de impuestos. Dio una cantidad de dinero para su
reconstrucción. Sus habitantes, por miedo a que se repitieran los temblores,
preferían vivir fuera del recinto de la ciudad, en la campiña.
Así, la promesa de Jesús
resultó significativa para sus seguidores en esa ciudad: nunca más tendrían que
salir (v. 12).
Debe mencionarse otro punto
de interés. La ciudad, destruida a causa del terremoto en el 17 d.C. y a la que
Tiberio ayudó económicamente, quiso honrar al emperador adoptando el nombre de
Neocaesarea (la ciudad del nuevo César). Este nuevo nombre siguió en boga por
entre veinticinco a treinta años.
Más adelante, para honrar al emperador Vespasiano, quien reinó entre el año 69 y el 79, la ciudad se llamó a sí misma «Flavia», y tuvo un templo para el culto al emperador. El nombre completo de Vespasiano era Tito Flavio Sabino Vespasiano. Una vez más, la promesa de Jesús a los cristianos de Filadelfia de darles un nuevo nombre (v. 12) estuvo llena de significado.
No sólo la iglesia en Esmirna, sino también los santos en Filadelfia eran modelos de fidelidad a Jesucristo.
Los alaba por su
perseverancia y en toda esta carta no menciona ni una palabra de reproche. Son muchos
los indicios de la influencia cristiana en Filadelfia, porque la iglesia siguió
fiel a Jesús a lo largo de los siglos, incluso cuando el Islam se convirtió en
la religión predominante en la zona. En la primera parte del siglo veinte,
todavía florecían en Filadelfia cinco congregaciones cristianas. De todas las
siete iglesias en la provincia de Asia, sólo la de Filadelfia ha permanecido a
través de los siglos.


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