APOCALIPSIS 3.14-22 – NOTICIA DE LAODICEA, SIMON KISTEMAKER.
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APOCALIPSIS 3.14-22 – LAODICEA.
Este pasaje, dirigido a la
iglesia de Laodicea, comienza con la presentación de Jesús bajo títulos que
resaltan su autoridad y veracidad absoluta: el Amén, el testigo fiel y el
soberano de toda la creación. A diferencia de otras cartas, aquí no hay elogios,
sino una confrontación directa y cruda sobre el estado espiritual de la
comunidad, a la que describe como "tibia". Esta indiferencia y falta
de definición le resultan tan repulsivas que advierte estar a punto de
vomitarlos de su boca.
El conflicto central radica en un
profundo autoengaño: mientras la iglesia se jacta de su prosperidad material
diciendo "soy rico y no me hace falta nada" (Como las Mega Iglesias
de hoy), Jesús les revela su verdadera condición espiritual, declarando que en
realidad son desdichados, miserables, pobres, ciegos y desnudos (Como las Mega
Iglesias de hoy). Para remediar esto, les aconseja buscar en Él lo que el
dinero no puede comprar: oro refinado por el fuego para obtener riqueza
verdadera, vestiduras blancas para cubrir la vergüenza de su pecado y colirio
divino para sanar su ceguera y permitirles ver la realidad.
Sin embargo, esta severa
reprensión nace del amor, pues Él aclara que disciplina a los que ama para
llevarlos al arrepentimiento. El texto culmina con una de las imágenes más
íntimas de la Biblia: el Señor todopoderoso esperando humildemente afuera, tocando
a la puerta del corazón. La promesa final es que, si alguien oye su voz y abre,
Él entrará para restaurar la comunión personal en una cena compartida, y al que
venza su apatía, le concederá el honor supremo de sentarse junto a Él en su
trono.
COMENTARIO A APOCALIPSIS 3:14-22 DE SIMON KISTEMAKER.
Laodicea está situada a unos sesenta y nueve kilómetros al sureste de Filadelfia, diecisiete al oeste de Colosas y casi diez de Hierápolis en el valle de Licos. Era la puerta de entrada a Éfeso, a unos ciento sesenta kilómetros al este, la cual era, a su vez, la puerta de entrada a Siria.
Hasta mediados del siglo tercero antes de Cristo, se la conocía como Diospolis (la ciudad de Zeus) y Roas. Pero alrededor del 250 a.C. el gobernante sirio Antíoco II extendió su influencia hacia el oeste, conquistó la ciudad, y le puso por nombre Laodicea en honor a su esposa Laodicea. Los romanos penetraron en la zona en el 133 a.C. y convirtieron a la ciudad en un centro judicial y administrativo.
Construyeron un sistema de carreteras de este a oeste y de norte a sur. En la encrucijada estaba la ciudad de Laodicea, que aumentó en tamaño, se convirtió en centro comercial principal y consiguió riqueza e influencia. Su industria de la lana floreció gracias a la producción y exportación de lana negra, de la fabricación de ropas corrientes y costosas y de la invención de un colirio eficaz para los ojos.
Tenía una floreciente escuela de medicina que se especializaba en oídos y ojos y había desarrollado un ungüento para tratar la inflamación de ojos. Debido a este ungüento, la escuela adquirió fama mundial.
Un devastador terremoto causó grandes daños a Laodicea en el 17 d.C. y, al igual que a otras ciudades en la provincia de Asia, recibió ayuda económica del gobierno romano. En el 60 d.C. un segundo terremoto afectó a la ciudad, y el gobierno romano ofreció ayuda financiera para reconstruir la ciudad.
Pero los padres de la ciudad enviaron al gobierno una respuesta negativa e informaron que disponían de abundantes recursos para la reconstrucción. De hecho, incluso contribuyeron para la reconstrucción de ciudades vecinas.
Antíoco el grande (conocido
también como Antíoco III) trajo a unas dos mil familias judías de Babilonia a
Lidia y Frigia a mediados del siglo tercero a.C.
La ciudad de Laodicea,
fronteriza de estas dos regiones, acogió a muchas de estas familias y prosperó.
Cuando en el 62 d.C. los judíos quisieron pagar su impuesto anual para el mantenimiento del templo en Jerusalén, el procónsul Flaco confiscó el envío de oro. Parte de este envío provenía de Laodicea y ascendía a unos nueve kilos. «Se ha calculado que la cantidad proveniente de Laodicea significaría que la población adulta de judíos libertos en el distrito era de 7,500». La carta a la iglesia en Laodicea no indica nada en cuanto a una presencia judía, lo cual puede significar que esta iglesia, como la de Sardis, predicaba un evangelio que no significaba para nada una amenaza para los judíos. Y los cristianos de Laodicea tampoco tuvieron que enfrentarse a ninguna persecución de parte de los gentiles, ni tampoco hubo en la ciudad falsos profetas, incluyendo a nicolaítas, a Balaam o a Jezabel. El templo para rendir culto al César estaba en un lugar céntrico de la ciudad.
La iglesia se conformaba a otras religiones, disfrutaba de riqueza material, vivía una vida fácil, y no insistía en los derechos de Cristo. En consecuencia, Jesús no pronuncia ninguna palabra de alabanza o ponderación de esta iglesia ni de iglesias similares que no llegan a proclamar su mensaje de salvación.
En esta breve síntesis
debería mencionarse un último término. El suministro de agua para Laodicea llegaba
desde Hierápolis, a una distancia de unos diez kilómetros, por medio de un
acueducto. La fuente contenía aguas termales ricas en carbonato de calcio;
cuando el agua llegaba a Laodicea, su temperatura era tibia. Aunque estas
fuentes termales tenían valor medicinal y eran como un balneario para los
habitantes del lugar, Jesús compara las aguas templadas cerca de la ciudad con
la tibia vida espiritual de los cristianos de Laodicea.
Una Iglesia rica, grande, cómoda…Una Iglesia que no impacta ni a propios ni a ajenos, porque no se compromete con La Palabra…Una Iglesia muy parecida a las Megas de hoy…


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